Micromuseo - Bitácora

jueves, 16 de agosto de 2007

LA (IN)CONDICION HUMANA


Naguib Ciurlizza. "Definiciones". 2006. Óleo sobre tela.


(Texto publicado en el catálogo de PARÁBOLAS, la insólita exposición de Naguib Ciurlizza a inaugurarse en la Galería Pancho Fierro el 15 de agosto de 2007, en conmemoración del Mes Internacional del Niño)

Gustavo Buntinx



La Tierra muere. El Mal existe. Cierto dios creador destruye su creación ya destruida por seres demasiado humanos. Toda una dramática visión moral de la Naturaleza, del Cosmos mismo, fluye desde los colores festivos y las libérrimas formas lúdicamente desparramadas sobre los cuadros de Naguib Ciurlizza. Paradojas plásticas tensionadas por las parábolas textuales de la narrativa poética que acompaña al orden secuencial de sus cuadros con un ritmo anárquico y una rima incierta.

Lenguas descontenidas, léxicos desbordados de toda convención por el doble registro de sus códigos. Tras las apariencias convencionales de una composición adulta para niños asoma el poderoso reproche infantil al Gran Desorden de los mayores. Lo auténtico de la voz pueril así surgida responde no a una pública impostación retórica sino a la intimidad de una regresión profunda. Y crítica: hasta en la excentricidad de sus formas discursivas, en el desparpajo de su rudeza genuina, emerge en estos versos y lienzos, casi terapéuticamente, el sorprendente yo expresivo de un párvulo. Como en un rescate terminal de identidades primeras, de fantasías primarias, acosadas por la atea injusticia de nuestros desangelados tiempos.

Primeras, primarias, primordiales: es un drama genésico y apocalíptico al mismo tiempo el que palabras y pinceladas encarnan en su despliegue agónico, rozando y rebasando las sugerencias amables del arte naif o las ásperas incitaciones del Art Brut. Pero agonía no es muerte sino lucha a muerte con la muerte misma. De allí la evocación espiritual de los sentidos (“qué placeres le excitan el alma”, reza uno de los versos más indicativos). De allí también la permutación sensorial, la sinestesia, el promiscuo goce –moral y hedónico– de los sabores, los olores, los colores. Más allá del tiempo, más acá de la historia (“momentos y sentires / que reflejan ausencia / de mundos exteriores”), en un viaje circular de retorno a lo que antecede incluso a la semilla: de la Nada a la Nada, “el cosmos puro, la armonía eterna, nervio del supremo Creador”.

No es difícil escuchar aquí ecos románticos de las teorías de James Lovelock en su identificación contemporánea de Gaia, la madre tierra de los griegos, como la articulación planetaria de toda vida en un sistema orgánico que comprende incluso lo inanimado. El equilibrio homeostático que esa visión implica podría verse replicado –no ilustrado– en la particular morfología de estos cuadros: la alianza y lucha de colores ígneos y cerúleos, los desconcertantes logros de composiciones plásticas donde una extraña sensación de equilibrio surge del desequilibrio y de la disonancia.

Recursos pictóricamente visibles en aquel levitante "Comedor del Cielo", por ejemplo. Y conceptualmente potenciados por telas tan precisas como "Definiciones", ese pequeño gran teatro para la Caída y el Ascenso de cuerpos que oscilan entre figuras demoníacas o celestiales, intensificadas por el recorte audaz que prolonga sus fisonomías hacia el imaginario más denso.

Hacia el infinito más grave. Tras la inocencia aparente y la diversión evidente de estos cuadros, asoma la pregunta radical, la pregunta terminal de la filosofía. Aquélla que cuestiona no ya tan sólo el sentido de la existencia personal, sino sobre todo la propia necesidad de nuestra especie misma, asesina de la Vida que le da vida.

No hay en las parábolas de Ciurlizza un lamento ingenuo por lo supuestamente inhumano sino la confrontación sin complacencias de nuestra naturaleza indigna. La (in)condición humana.

Y su redención artística.



Naguib Ciurlizza. "Comedor en el Cielo". 2006. Óleo sobre tela.

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