Micromuseo - Bitácora

sábado, 16 de febrero de 2013

EL ESCUDO DE GONZALO GARCÍA CALLEGARI (PIEZA DEL MES - ENERO 2013)



Reactivo esta bitácora iniciando en ella la reedición 
de las "piezas del mes" que Micromuseo publica en su web.
Para mayor orden y concierto, 
empiezo con la obra asociada a enero,
y por lo tanto la primera de este año 2013.


Gonzalo García Callegari
Sin título
(de la serie Peruanismos)
2012
Impresión offset sobre plancha de metal
(Tiraje: 350)
50 x 50 cm
MICROMUSEO ("al fondo hay sitio")
Donación: STUDIOa, 2012
(En reconocimiento por la redacción del texto
que acompaña a la obra)
 


MARCA PERÚ

La revolución capitalista de los últimos años impone al Perú las transformaciones estructurales más importantes de su vida republicana. Una acumulación impresionante de cambios cuantitativos que dan ya el salto dialéctico hacia la modificación cualitativa del ser social y de la conciencia. Del ethos nacional mismo.

Síntoma festivo de todo ello es la recuperación vital, popular, de nombres y emblemas patrios antes fatigados por el ceremonial burocrático. Transiciones que amagan incluso a las subculturas contestatarias del arte, donde antaño la representación heráldica era somatizada desde la irrisión o el (melo)drama. O incluso desde las frotaciones pasionales ofrecidas por el inquietante video de Moico Yaker que hace poco más de un año fuera también nuestra pieza del mes.

A esos trances pareciera aludir el escudo ambivalente de Gonzalo García Callegari. No una iconización estática –de cualquier signo– sino el señalamiento de su condición mutable.

Un escudo liminar: al despliegue luminoso de los símbolos en su esplendor (hasta los laureles fructifican) el artífice opone, en toda la mitad siniestra, la ruina alegórica de esos mismos elementos. Oros carcomidos, vicuñas esqueléticas, palmas marchitas. Y una corona cívica cuyo flanco se deshace en encinas descompuestas, excrementicias casi.

Las promesas eclipsadas de la vida peruana. Ese país de abandonos y despojos que habita aún nuestras memorias. Y en demasiados casos todavía nuestras vivencias. ¿Residuales?
El pasado que ansío dejar, explica Callegari. Y al costado, el presente que se inicia, el futuro al que se aspira. Un devenir tan esperanzado y fáctico como sin embargo incierto. El programa iconográfico de esta obra impone la lectura lineal –izquierda, derecha– de una secuencia progresiva, progresista. Pero en el inconsciente de la imagen asoma el fantasma de lo otro que asedia a nuestra prosperidad reciente: la reversibilidad de la historia.

Esta celebración icónica es también un memento mori.

Gustavo Buntinx

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