Micromuseo - Bitácora

lunes, 10 de febrero de 2020



EL ÚLTIMO CONNOISSEUR

In memoriam 
Carlos Rodríguez Saavedra

Notas preliminares para una revaloración personal

Gustavo Buntinx


A los 101 años de edad, Carlos Rodríguez Saavedra ha muerto.

Lo conocí. Lo traté. Lo entrevisté.

Varias veces, allá por la década de 1980.

Entre otros motivos, por la inauguración de la Pinacoteca del Banco Central de Reserva, hoy Museo del Centro (MUCEN), cuya creación fue sin duda uno de sus logros mayores.

Tuvo otros, varios.

La galería que él fundó, y que llevaba su nombre, fue un lugar de excepción en los complejos años de la dictadura militar de Juan Velasco Alvarado.

Desde allí apoyó los desarrollos tempranos de jóvenes como Bill Caro o José Tola (lo cual le hizo blanco de alguna difamación). Y mantuvo el interés por figuras como las de Fernando de Szyszlo.

Acogió además a Tilsa Tsuchiya, entre tantos otros. Inauguró la sala con los sutiles paisajes costeños de Reynaldo Luza, nada menos. Sus gustos eran por lo general sobrios. Y refinados.

“Delicado” es la palabra que solía rondar las apreciaciones sobre su persona. Y su estilo.

También en lo asociable a sus escritos, que mantuvieron siempre un tono literario muy propio, un registro sensible personal e intransferible.

Tal vez ello mismo lo llevaría a retraerse, con la llegada de los nuevos aires.

A mí me escuchaba con algún desconcierto. Como a todos los que entonces explorábamos reflexiones alternativas sobre la plástica contemporánea mientras el Perú entero empezaba a arder.

Desde la teoría social del arte, digamos.

Recuerdo cuando intentaba explicarle por qué el precio era un elemento cosustancial de la obra, y no una anécdota circunstancial, como él sostenía. Me escuchaba incrédulo, pero siempre amable, para luego tan sólo responder: “tenemos visiones absolutamente opuestas”.

Y cambiaba el tema, hablándome, tal vez, de España.

Y de los toros (“cada vez más grandes”).

Nosotros, por otro lado, quedábamos intrigados por su dedicación literaria al elogio de la chirimoya, verbigracia. Y otras gracias que sólo en mi ancianidad propia empiezo a comprender.

Algo de todo ello se respira en el cuadro de Francisco Abril de Vivero que lo retrata, aún joven, en 1954. Sentado, sereno, con la frente luminosa. Lo más expresivo, no obstante, son sus manos de creador. Al fondo, un caballete y un bodegón, en el que resalta la presencia de una tela, en rima incierta con aquellos dedos. Una manta andina. Acaso prehispánica. (Rodríguez Saavedra creía en la continuidad milenaria de lo peruano).

Sus mejores años estaban aún por delante.

Tres décadas después él se sentía ya, sospecho, distinto, distante, de aquello en lo que la discusión cultural había desembocado. (A veces creo, ahora, compartir ese sentimiento. Aunque por otras razones).

¿Cómo recuperar su legado para una revisión actual?

Sus escritos, felizmente, han sido recopilados en vida, pero no del todo contextualizados. Recuerdo alguna discrepancia pública, mía, hacia sus argumentos líricos en apoyo al proyecto del segundo belaundismo para un nuevo Museo Nacional de Arqueología que no llegaría a edificarse. Más difíciles de reconstruir son las sugerencias silenciosas de sus textos. Como las que yo mismo calladamente sentía al revisar sus ensayos sobre pintura y provincia, entre otros temas que a casi nadie parecían entonces interesar. Pero en los que a nosotros se nos iba la vida.

Sabíamos, sin embargo, que sus aportes no eran los de la erudición sino los de la sensibilidad.

Alguna vez le pregunté qué estaba en ese momento investigando.

Me miró con extrañeza, frunciendo casi irónicamente sus legendarias cejas.

“¿Investigando?”, me dijo, con cierto tono muy limeño en la voz.

Entonces lo comprendí todo.

Carlos Rodríguez Saavedra no investigaba.

Êl conocía (con cursivas, por favor).

Una categoría ––antes esencial en las artes–– que los tiempos han desvanecido.

Para bien y para mal.

Carlos Rodríguez Saavedra, el último connoisseur.

Paz en su tumba.

( F I N )