Micromuseo - Bitácora

jueves, 20 de octubre de 2011

LAS MALAS INTENCIONES: Sugestiva lectura de Ricardo Bedoya en "El Comercio"


No suelo comentar las iniciativas surgidas de mi entorno familiar más cercano, salvo cuando ellas involucran las propuestas e ideales mayores de Micromuseo. Tolerancia pido para la excepción en la que ahora incurro, aunque en realidad se trate no de una declaración mía sino de un testimonio y de un señalamiento. Me refiero a la sugestiva lectura que el reconocido crítico Ricardo Bedoya le dedica a la película Las malas intenciones en la edición de hoy, jueves 20 de octubre, del diario El Comercio. La directora de la cinta es Rosario García-Montero y su protagonista –Fátima Buntinx Torres– es hija de mi esposa (Susana Torres Márquez) con este humilde servidor. Susana es además la codirectora de arte del proyecto, junto a Patricia Bueno.

Fátima tenía apenas ocho años al momento de la filmación. Dudamos mucho en autorizar su participación, por cierta incomodidad nuestra con la sociedad y las culturas del espectáculo, pero la revisión del guión disipó cualquier duda. Se vislumbraba allí una visión seria, poderosa, aguda –personalísima– sobre los inicios de la gran violencia en el Perú de la década de 1980, tal como ella fue entonces vivida por algunos sectores limeños: un rumor lejano pero creciente y ominoso. Misterioso. Tal vez uno de los logros mayores de la película sea ese ingreso oblicuo a la tragedia nacional desde el registro sensible de una niña en realidad atrapada por sus desgracias personales. Y el entrecruzamiento –en la realidad y en la fantasía– de ambas circunstancias. La historia realmente vivida por seres humanos concretos. Y el heroismo de la vida cotidiana.

Transcribo a continuación el artículo publicado en El Comercio.

CRÍTICA DE CINE

Las malas intenciones

Por: Ricardo Bedoya
El Comercio, jueves 20 de octubre de 2011

“Las malas intenciones”, primer largometraje de Rosario García Montero, es el retrato de Cayetana de los Heros (Fátima Buntinx), una niña sensible, inteligente y acosada por mil fantasías de exclusión y muerte. Se ciernen sobre ella los malestares del asma; los descuidos de un padre negligente; las ausencias prolongadas de una madre viajera; la enfermedad de Jimena, su tía y amiga cercana; la violencia de un entorno político cada vez más hostil; la memoria de las gestas fallidas de los próceres y héroes de nuestra historia. Y para colmo, la peor de las noticias: el nacimiento próximo de un hermano, el hecho de que en su activa fantasía tanática la sacará de modo definitivo de escena, hasta volverla invisible.

La película fecha y sitúa la acción. Transcurre entre los meses finales de 1982 y los primeros días de mayo de 1983. Son tiempos de horror y masacres como la de Uchuraccay. Hechos vistos y filtrados por la mirada curiosa y penetrante del personaje de Cayetana, que impone su punto de vista en la película.

Pero son también épocas de transformación. En compañía de la niña asistimos a un proceso de ruptura, tránsito y reintegración problemática a la familia y la vida social. Desde que se entera del embarazo de la madre hasta el nacimiento del hermano, Cayetana se sitúa en el umbral. La película la sigue en esa fase de tránsito a través de una multiplicidad de incidentes. Ellos le permiten despejar las ilusiones sobre su padre, al que aprende a llamar Francisco, para aceptar al nuevo esposo de su madre, aunque sea un deportista perdedor. Comprobar que la muerte ronda en torno de Jimena, de los héroes o de tercos animales, como los cuyes, que ella trata de salvar pero que regresan a la jaula para terminar en la parrilla. Pero también encontrar su afinidad esencial con la vida, a través de la empatía póstuma con el chofer y el gesto final hacia el hermano al que ofrece torpes y apurados “soplos de la vida”, como antes vertió leche sobre los moribundos gatos.

Lo mismo ocurre con los miembros de su familia. En esos meses comprueban que ya perdieron el control de sus tiempos, espacios y diversiones. La madre acelera contra el tráfico para atravesar un Centro de Lima amenazante; los padres y abuelos cambian la casa de mosaicos sevillanos donde reciben la Navidad cantando villancicos por una playa de Ancón desbordada donde su lancha será empujada y conducida por niños de otra clase y otro lugar; Ramón es despojado de sus prendas y trofeos deportivos por una incursión aleccionadora de los terrucos en la mansión de campo. Desde un punto de vista de clase, es el tiempo en que las escenografías familiares se degradan: el interior del auto familiar da cuenta de ello. Don Isaac (Melchor Gorrochátegui), el chofer de la familia, pleno de bonhomía, que conduce mientras escucha canciones criollas, es reemplazado por un ‘chaleco’, conductor del auto, ahora protegido por unas lunas polarizadas que pretenden una invisibilidad que Cayetana rechaza a gritos.

“Las malas intenciones”, más allá de algunos altibajos –concentrados en las escenas “imaginarias”–, muestra un estilo personal, una sensibilidad, un humor singular, una dirección artística impecable, una de las actuaciones más sorprendentes y emocionantes del cine peruano –la de Fátima Buntinx–, un temple narrativo y un mundo particular más bien oscuro y obsesivo que ya se vislumbraba en los cortometrajes de Rosario García Montero, una realizadora a tener muy en cuenta.

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jueves, 10 de junio de 2010

BATALLAS POR LA MEMORIA VII: Carta de tres vecinos de Tarata sobre las alteraciones en el monumento a las víctimas del atentado en esa calle

Gracias a la acuciosidad de otra lectora –Anahí Vásquez de Velasco–
logré ubicar la carta a la que alude el comentario publicado en nuestro post anterior sobre las alteraciones al monumento erigido por las víctimas del atentado senderista en la calle Tarata. El documento se encontraba en el facebook de la Municipalidad de Miraflores, no en su sitio web, como esa acotación indicaba. Un error comprensible.

La misiva va firmada por tres personas que reivindican esa intervención urbana como respuesta edil a una petición vecinal. Manifiestan también que fueron los propios deudos quienes solicitaron que no se explicitaran los nombres de los fallecidos. Y entre otras consideraciones valoran como un reconocimiento debido el que la nueva placa destaque el nombre del actual alcalde distrital.

Quedan aquí registradas esas opiniones de Armida Sala, Luisa Mesa y Juana Muriano. Con ánimo de pluralidad cuelgo a continuación la carta completa, en imagen: no consigo copiar sus contenidos como texto para una mayor legilibilidad.

La discusión sigue abierta.

(Micromuseo organizó hace apenas dos años la exposición que rescató los impresionantes testimonios fotográficos y fílmicos de la tragedia de Tarata realizados por Ana María McCarthy y Kevin McCarthy casi inmediatamente después del atentado. Esos materiales dieron luego lugar a la publicación de un libro coeditado con Planeta. Amplia información sobre esa muestra aquí).



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martes, 8 de junio de 2010

BATALLAS POR LA MEMORIA V: Alcalde de Miraflores se apropia de la paternidad del monumento a las víctimas de Tarata

Nueva placa en la que el alcalde actual de Miraflores,
Manuel Masías,
impone su nombre al monumento de las víctimas
del atentado en la calle Tarata, inaugurado años atrás.

A propósito de la destrucción del monumento a las víctimas de la violencia en Villa María del Triunfo (ver posts anteriores en esta bitácora), Víctor Vich nos hace llegar una provocadora carta abierta sobre otro gesto, aparentemente opuesto pero igualmente irrespetuoso hacia la memoria. Se trata de la modificación del entorno y -sobre todo- de la placa del memorial levantado hace años en el punto preciso de la calle Tarata donde Sendero Luminoso detonó un coche-bomba el 16 de julio de 1992. Transcribo ese texto en su integridad. Para reflexionar y discutir.

UN NUEVO ATENTADO DE MANUEL MASÍAS:
MÁS DESTROZOS EN LA CALLE TARATA


¿Qué tienen estos alcaldes que se les da por clavar su nombre en cuanta obra realizan y en cuanto lugar restauran? ¿Son ellos quienes verdaderamente “realizan” esas obras o más bien deberíamos entender que todo lo que ejecutan lo hacen por encargo de sus votantes y entonces deberían concebirse a sí mismos no como protagonistas de los hechos sino como simples servidores de la población que los eligió? Pero, claro, eso es pedir “peras al olmo” pues ya sabemos que la política en el Perú se encuentra totalmente inmersa en la “sociedad del espectáculo” y que el poder y el ansia de figuración es lo único a lo que aspiran nuestros políticos criollos. Uno de ellos es el actual alcalde de Miraflores.

Aunque ya estamos acostumbrados (y hasta deprimidos) a que sigan sin aparecer líderes con nuevas formas de hacer política, llega un momento en que hay cosas que no pueden aceptarse desde ninguna posición política. Me refiero, en este caso, a la utilización de las muertes producidas por un atentando terrorista para sacar réditos políticos. De manera absolutamente obscena (no se qué otra palabra puede utilizarse), el alcalde Manuel Masías ha impreso su nombre en el monumento recordatorio al atentado de la calle Tarata. Se trata de una falta de respeto a las víctimas, de un narcisismo demencial y de un mal uso de nuestros recursos públicos.

Recordemos: luego del bombazo, la calle se volvió peatonal y ahí se erigió un monumento que destacaba por su sobriedad y elegancia; un lugar de memoria para nunca olvidar lo sucedido. Pero sucede que, de buenas a primeras, el alcalde Masías no sólo ha tenido el mal gusto de “reinaugurar” el monumento convirtiéndolo en una burda pileta turística (hoy los alcaldes optan por lo más fácil que es construir piletas por todos lados y son incapaces de convocar a concursos de escultura o de articularse con los artistas de sus distritos) sino que Masías ha colocado su nombre, en el centro mismo del monumento, a fin de asumir todo el protagonismo posible.

Parece increíble pero es cierto: ahí no figuran los nombres de las víctimas, ni la del escultor que realizó la obra, sino que sólo observamos el gran nombre de Masías. Increíble pero cierto. ¿Por qué el alcalde decidió restaurar ese monumento y no otros del distrito que sí están en muy mal estado como el mural de Ricardo Wiesse o a la magnífica escultura de Sonia Prager que continúa hongueándose en el malecón? ¿Cuál fue su interés? ¿Por qué en el coliseo del voley de Miraflores aparece su nombre por todos lados? ¿No está eso prohibido?

Esta ansiedad que Masías tiene por imponer su nombre es múltiple. Meses atrás no era raro descubrir viejas quintas miraflorinas que exhibían curiosos letreritos con la frase “Gracias Dr. Masías” casi en el estilo de la vieja cultura de las haciendas y de los peones frente a sus gamonales. De hecho, la religión católica nos ha enseñado que lo que uno hace con la mano derecha no debe saberlo la izquierda (Mt 6, 3), pero ya sabemos que algunas personas han convertido el cristianismo no en un reto ético sino en la pura defensa de sus privilegios e intereses.

No es posible que el nombre de Masías continúe inscrito en ese monumento que recuerda un hecho dramático que nos involucra a todos y donde no cabe ningún protagonismo. Debemos protestar colectivamente. Debemos censurar esa obscenidad.

Víctor Vich


El monumento a las víctimas de Tarata,
antes y después de las alteraciones.
Atención a la centralidad otorgada a la nueva placa
(con el nombre del alcalde Masías).

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martes, 15 de julio de 2008

MEMORIA DEL OLVIDO - HISTÓRICA EXPOSICIÓN SOBRE EL ATENTADO DE TARATA EN NUESTRO PARADERO HABANA (INAUGURACIÓN: MIÉRCOLES 16, 7:30 PM)



Este miércoles 16 de julio se cumplen también dieciséis años del coche bomba criminalmente detonado por Sendero Luminoso en la calle Tarata de Miraflores. En la misma fecha, a partir de las 7:30 de la noche y a escasas cinco cuadras de esos hechos, MICROMUSEO inaugura, en su PARADERO HABANA, una exposición histórica: el rescate y puesta en valor de los registros documentales y artísticos de aquella catástrofe realizados por Anamaría McCarthy en fotografía y por su hermano Kevin en video. Materiales impresionantes que se han mantenido inéditos, adquiriendo ahora una densidad incluso poética recogida también por el sugerente título de la muestra: Memoria del olvido.

Se trata, indiscutiblemente, de testimonios privilegiados: en uno de los edificios del jirón Tarata se encontraba el departamento que fue para Anamaría primero el hogar conyugal y luego el estudio donde inicia su conversión artística a la fotografía, tras quince años de exploraciones cerámicas. En uno de los cuartos vivía entonces su hermano Kevin, cineasta incipiente.

Gracias a un encadenamiento insólito de intuiciones, ambos lograron eludir la explosión, pero no el trauma. Aquella noche –y los siguientes días– Kevin permaneció entre los escombros, resguardando lo que pudo preservarse tras la onda expansiva y los saqueos (acaso tan devastadores como la detonación). Apenas la luz y el descontrol se lo permitieron, inició la absorción en video del estupor y el pasmo que sucedieron al terror. Poco después Anamaría hizo lo propio, con vistas fijas atravesadas no de clamor sino de melancolía.

Hay un contraste incisivo, conmovedor, entre el registro en bruto del material fílmico –jamás editado– y la poesía acallada de las fotografías, delicadamente construidas respetando la autenticidad de los fragmentos encontrados. Para la exploración de esos y otros sentidos, el catálogo de la muestra despliega un fuerte acompañamiento textual, que además del ensayo curatorial aportado por Gustavo Buntinx incluye una reflexión compleja de Salomón Lerner sobre la pertinencia del caso Tarata para la historia de nuestra violencia grande y para la praxis de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), entidad en la que sirvió como Presidente.

Con el patrocinio del Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Universidad Católica (IDEHPUC) y el Instituto de Estudios Peruanos (IEP), esta muestra fue precisamente concebida en el marco de las conmemoraciones por los cinco años de la entrega del Informe Final de la CVR. En el espíritu de esa publicación trascendental, lo que ahora se ofrece es la primera de dos exposiciones críticamente articuladas entre sí, como trágicamente lo estuvieron las extremidades históricas a las que cada una de ellas se vincula. Como complemento de esta muestra inicial, el próximo mes de agosto exhibiremos la documentación extensa de las intervenciones taumatúrgicas de Ricardo Wiesse en las fosas donde se pretendieron ocultar los cuerpos de los miembros de la Universidad de La Cantuta que fueron desaparecidos por los servicios de inteligencia en represalia por el atentado de Tarata. La competencia de horrores.

Partes de guerra: el título genérico de estas dos exposiciones y de las publicaciones que las acompañan puede, sin duda, entenderse en su acepción figurada. Noticias desde el frente, crónicas de trinchera. Pero también en el sentido más literal e inmediato: símbolos fragmentados de nuestra historia hecha pedazos.

Símbolos fragmentarios: las dos muestras ahora planteadas prolongan en otro sentido, más específico y puntual, varias exhibiciones previas en las que el mismo curador ensayaba exploraciones amplias de las múltiples relaciones entre arte y violencia. Exposiciones como Mallki: la exhumación simbólica en el arte peruano (2002), Carne viva (2003) y País del mañana: utopía y ruina en la guerra civil peruana (2004), realizadas todas en el Centro Cultural de San Marcos. O Lo impuro y lo contaminado: pulsiones (neo)barrocas en las rutas de Micromuseo presentada en la última Bienal de Valencia (2007).

Pero no hubo entonces, ni la hay ahora, pretensión exhaustiva alguna, sino un avance más en el rescate sistematizado de aquella porción de nuestro arte que, desafiando todo riesgo y (auto)censura, optó por significar la emoción y el momento.

Léase, tras esta intención histórica, un homenaje crítico –por continuar.

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